Tres historias de clandestinidad
Tres películas recientes, una iraní, una brasilera y una estadounidense, guardan paralelos inquietantes que me gustaría comentar para intentar entender mejor. Se trata de Fue solo un accidente (FSUA), de Jafar Panahi, El agente secreto (EAS), de Kleber Mendonça Filho, y Una batalla tras otra (UBTO), de Paul Thomas Anderson. Las tres están protagonizadas por perseguidos políticos: Vahid, un mecánico que ha sido torturado por el régimen iraní; Armando, un profesor universitario que expuso la corrupción de un empresario durante la dictadura brasilera; y Pat, un revolucionario prófugo que intenta proteger a su hijastra de la persecución militar. Las tres son historias del gato y el ratón que conectan movimientos políticos desde la década de 1970 hasta hoy; es decir, ejercicios de memoria para heridas sociales que no cierran, catarsis narrativas.
Me interesan estos paralelos porque pueden señalar patrones culturales. No es simple casualidad que una época cuente variaciones de las mismas historias. Las tres persecuciones que aquí se trenzan ponen en escena los mismos asuntos: la violencia política, el autoritarismo, las disputas por la memoria, una resistencia siempre condenada a la derrota, pero siempre posible. En los tres casos, el poder es encarnado por personajes monstruosos, que entran y salen de un reino fantasmagórico: en FSUA es un torturador convertido en padre de familia que aterroriza con su propia mutilación, una prótesis que suena a cada paso como el anuncio de la muerte; en EAS, es un grupo de policías corruptos y asesinos a sueldo que a su vez es representado por una pierna peluda que, a saltos, ataca a comunistas y homosexuales, una leyenda urbana que la prensa sensacionalista usa como chivo expiatorio para la violencia real de la dictadura; en UBTO es un militar de hierro que termina con el rostro desfigurado por un disparo a quemarropa, y así intenta continuar su psicótica carrera, respirando con dificultad y cojeando.
Lo monstruoso, lo sobrenatural y lo grotesco parecen siempre a la vuelta de la esquina en estas películas que son, por lo demás, bastante realistas. Es como si una dimensión oculta de la experiencia amenazara constantemente con emerger. En EAS, el hijo de Armando está obsesionado con la película Tiburón, que no ha visto pero imagina en pesadillas, mientras que la policía entrega cadáveres a los tiburones en su propia ciudad, Recife; al crecer, el niño se hace médico y recuerda la historia de su padre desde su lugar de trabajo: un banco de sangre. La circularidad de esta imagen recuerda a las torturas que Vahid y sus compañeros relatan en FSUA: nunca las vemos, pero tenemos que imaginarlas, y solo al final se representan ritualmente en la confesión dramática del propio torturador.
Quizá la visión más inquietante de este doble registro de lo monstruoso sea el gato que aparece en EAS y cuya imagen acompaña este texto. Doña Sebastiana insiste en decir que son dos gatas, Elis y Liza, y así se refiere a ellas con toda naturalidad. Por supuesto, Elis y Liza representan las dobles identidades de todos los refugiados de la casa: como ellos, Alberto usa un nombre falso, Marcelo, y hasta trabaja encubierto en nada menos que la oficina del registro civil. También Pat, en UBTO, se ve obligado a vivir bajo otro nombre, Bob, y en su afán por encubrir su identidad ante la policía dice llamarse Bruce Wayne o Peter Parker. Vahid, por su parte, tiene el infame apodo de Idiota, una identidad de la que quiere liberarse de algún modo. Elis y Liza, las gatas, están condenadas a ser una sola, como las identidades pública y clandestina de casi todos los personajes de estas historias.
Es raro, pero en las tres películas hay personajes que cojean. En FSUA son dos, el torturador y el torturado: el primero se define incluso por su temible prótesis; el segundo sufre de la cadera por los golpes que recibió en cautiverio. En UBTO es el coronel Lockjaw, que intenta mantener una compostura marcial incluso en su mayor derrota. En EAS es el sicario tercerizado por los asesinos a sueldo, que recibe un disparo en la pierna cuando está intentando matar a Armando y huye así por la ciudad, dejando un rastro de sangre y de cadáveres en su huida. La cojera continua de los personajes parece una pista sobre sus dificultades para avanzar a través de la niebla de la Historia.
¿Qué culpas se están expiando en estos relatos sin héroes?, ¿por qué precisamente ahora esta denuncia del terror de Estado, esta reivindicación de la memoria de los perseguidos? Puede que en FSUA sea el verdugo quien resulta bajo juicio, pero es solo una cuestión de azar; solo un accidente, precisamente. Es el azar el que conecta a víctimas y victimarios tras años o décadas de heridas sin sanar, literales y metafóricas. En UBTO, la venganza del coronel Lockjaw se encuentra de frente con su paternidad no reconocida: la hija repudiada será su némesis. En EAS, la investigadora que estudia los archivos de la dictadura conecta a Armando/Marcelo con su hijo a través del delgado hilo de unas grabaciones. La memoria es central en más de un sentido: Willa huye gracias a una vieja contraseña que nunca olvidó, como Vahid nunca olvidó el sonido de la pierna prostética de su torturador.
En estas tres películas no hay héroes, al menos en un sentido convencional. En una entrevista sobre la producción de UBTO, Leonardo di Caprio, quien hace el papel de Pat, cuenta que Paul Thomas Anderson les iba entregando el guion conforme avanzaban en el rodaje; cada vez que él leía sobre su personaje preguntaba lo mismo: ¿cuándo va a hacer Pat algo heroico? Parecía estar siempre asustado, paranoico, tirado en un sofá fumando marihuana. Pero la heroína resulta ser Willa, su hija adoptiva. En la última escena, Pat sigue tirado en el sofá, aprendiendo a usar un teléfono móvil, y sin embargo sabemos que ha ganado todas las batallas, o al menos las ha sobrevivido.
La clave es que estos no-héroes nunca están solos, son apenas representantes de grupos dispares de personajes clandestinos, hermosos perdedores: Armando es recibido en la casa de Doña Sebastiana, una colección de refugiados políticos con pasaportes falsos e historias increíbles, empezando por la propia juventud anarquista de Doña Sebastiana en Italia; Pat y Willa son ayudados por la red clandestina de migrantes que lidera Sergio tras la fachada de su escuela de karate, pero también por las mujeres negras revolucionarias que montaron un falso convento en el desierto; Vahid, finalmente, va reuniendo al conjunto más improbable de víctimas del régimen mientras atraviesan Teherán en una vieja furgoneta que esconde a su propio victimario. Lo que tienen en común todos estos personajes, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, es que son siempre solidarios, aunque no necesariamente valientes; solos, soportan a su manera silenciosa el poder que los oprimió; juntos, encuentran el valor para resistir, incluso sabiendo que perderán de nuevo.

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